El reino del revés – Ezequiel González del Monaco Docente y Graduado ISPED

El reino del revés – Ezequiel González del Monaco Docente y Graduado ISPED

  Según María Elena Walsh, en el reino del revés nada el pájaro y vuela el pez. Lejos está de ser contradictoria dicha afirmación. Cansado de ver como aplaude la gente cuando un avión aterriza les prepongo que nos detengamos un poco a pensar en esta anormal situación. Es más probable que una persona fallezca camino al aeropuerto que en un accidente aéreo. No lo digo yo, sino las estadísticas.

  En 2019, sólo en Argentina, se registraron 6627 fatalidades en accidentes automovilísticos. Un promedio de 19 muertos al día. En contraposición, en el mundo (sí, en todo el globo terráqueo), existieron 20 sucesos que acusaron 283 decesos en el mismo lapso de tiempo. Lo que acredita que es más peligroso conducir o viajar por carretera que por ruta aérea. Si dejamos de lado los números la cosa se pone mejor. Pensemos un poco en los cielos: ¿hay señales de tránsito?, ¿semáforos?, ¿límites de velocidad?, ¿multas por exceso de velocidad?, ¿lomo de burro a base de nubes condensadas?, ¿por qué el avión no tiene bocina?, ¿usa luz de guiño un Boing 737 o se prende un led rojo cuando frena?, así puedo estar todo el día. Créanme que lejos estoy de minimizar el trabajo de un piloto, pero si el riesgo que conlleva manejar o subir a un aeroplano.

  Pensando en las calles de Argentina, Brasil, Ecuador, Costa Rica, México y Perú donde tuve la suerte de observar a los conductores, y todavía no me decido cuáles son los peores, creo rotundamente que el peligro acecha en la tierra. Sobre todo en las grandes urbes que albergan miles de autos en determinadas horas del día yendo para el mismo sitio y sumando a eso los transportes públicos que dan la estocada final. Un taxi que tiene libertad absoluta para frenar donde le dé la gana. Un colectivo que sobrepasa innecesariamente y luego acorrala contra el cordón para llegar a la parada. Un camión que es amo del pavimento y no conoce de reglas. Una moto que se cree invisible y busca grietas a lo loco en velocidad y muchas veces sin prudencia. La bici que puede ir de contramano, total… El peatón. Y acá me detengo. El que está más expuesto a sufrir una herida mortal es uno de los que menos conciencia tiene: cruza por cualquier lado, mira su celular en vez de alzar la vista, baja al cordón para ganar diez centímetros cuando corte el semáforo, apura su paso cuando viene un vehículo en vez de esperar que pase y cruzar tranquilo, etc.

  Volvamos al cielo. El capitán, generalmente, no va solo. Tiene un copiloto que en este caso es esencial, no como tu amigo que te hace la segunda (sólo para ir más cómodo adelante) y se queda dormido antes de llegar a Panamericana. Tenemos dos personas con el instrumental para manejar el avión. A su vez, comunicación directa con torres de control y otros colegas en el aire que están al tanto del rumbo de la nave. Total impunidad para machacar nubes, así y todo respetan rutas aéreas, pero van “solos” en la inmensidad.  Piloto automático, acá si aplaudan a quien se le ocurrió que el pájaro de hierro se podía dirigir sin asistencia humana. Y si todo esto fallara, seguro te hacen un homenaje en el cine. Por lo que no pasará desapercibido y se tomarán cartas en el asunto para que no vuelva a ocurrir.

  Todo esto me da la razón para decir que el avión siempre es más seguro que el vehículo terrestre. Pero ahora les pido su colaboración. Para dejar de atemorizar a la gente con los viajes y, sobre todas las cosas, dejar de vender humo: cortémosla con aplaudir cuando terriza un avión. No sigamos alimentando esta farsa. Dejemos de hacer creer importante a un tipo que puede conducir con lentes oscuros después de haber practicado mil horas en simuladores y, como antes describo, tiene una tarea menos complicada que tomar General Paz por la mañana o volver de la costa en Semana Santa. Al menos denme la alegría que si vamos a destacar al comandante de vuelo no seamos menos con el chofer de Uber o el remis de barrio. Manejar un 505 destartalado, sin luces, con la caja que canta, calculando la nafta porque no anda indicador, pisando a fondo el freno porque ya casi no hay pastilla, con la ventanilla subida en verano porque no anda y resguardando su seguridad con un destornillador que traba la puerta, eso, mis queridos lectores, es un acto que merece ser aplaudido. Pero “en el reino del revés, aplaudo al piloto y no al chofer”.

Ezequiel Pablo González del Mónaco.

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